Dejar sin empleo a personas será siempre una decisión muy difícil y consecuente para los empleadores y para las sociedades. El despido de un millón de trabajadores en Cuba se traducirá en la agudización de la crisis económica isleña, cuyo desenlace se torna en estallido de las masas, violencia y más represión.
El régimen cubano acude en medio de esta situación crítica a un recurso que no le atrae pero que resulta indispensable para tratar de repuntar económicamente: la parcial liberación de fuerzas laborales para el ejercicio privado, que se concretó incipientemente en los primeros años de la década de los noventa del pasado siglo, resucitando en el panorama de la nación a los cuentapropistas, clase social marginada por la Revolución.
Para el cabal funcionamiento de las novedosas empresas fue creada la Oficina Nacional de Administración Tributaria (ONAT), un monolito burocrático subordinado al Poder Popular que aún hoy exuda corrupción. «Las verdaderas reformas en Cuba se mantienen en el horizonte», expresó el periodista independiente Jorge Olivera Castillo en ¿Es reformable el socialismo cubano? (www.cubanet.org), alertando sobre las intenciones del régimen, siempre «que no pongan en peligro la supervivencia de la nomenclatura».
Sin dudas, el Presidente cubano necesita ganar mucho tiempo y trata de conseguirlo como mejor sabe, represión total incluida. De paso, intenta trascender como el que lo intentó «todo, todo», en aras de llevar a planos de esplendor las mesas de todos los nuestros. ¡Ha dicho!
La ley 73 del Sistema Tributario no ha sido enmendada en esta nueva coyuntura y ni siquiera en la últimas sesiones de la Asamblea Nacional del Poder Popular se analizó este asunto medular - al menos no trascendió a los medios informativos.
Por el momento no se están otorgando licencias para elaborar y vender alimentos y sí para arrendar viviendas. Significa que, al igual que en los años noventa, y ya que no existe nada ni nadie que garantice en esta actividad (cuentapropismo) el continuismo, probablemente la limitada liberación estará vigente hasta que la economía del patio experimente cierta «recuperación».
Los medios cubanos informaron ayer que China se convirtió en la segunda economía del mundo. El artículo Economía de la República Popular China de Wikipedia señala que desde el 2008 China es «la segunda potencia económica mundial». Lo que no recordaron al público fue que semejante logro está relacionado directamente con el hecho de que la Asamblea Nacional Popular del gigante asiático aprobó en el año 2004 sendas enmiendas constitucionales que garantizan la propiedad individual.
Lo que queda demostrado, una vez mas, que es libertad y más libertad lo que se necesita para prosperar. De momento, en el mar económico de la Cuba comunista solamente se mantendrán a flote los marineros de la nomenklatura.
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martes, 17 de agosto de 2010
martes, 3 de agosto de 2010
«El silencio de un cómplice». Por Juan Mario Rodríguez.
A V. Pagola Bérger le publicaron el pasado viernes otra carta enviada a la dirección del diario Granma. Me remitiré directamente a la opinión que expresó sobre el sentido de pertenencia de los trabajadores y administradores cubanos, a quienes, dijo, los salarios no les solucionan sus necesidades esenciales, aunque muchas veces algunos tampoco cumplen con sus obligaciones.
No obstante, el lector mostró un optimismo (descarto el cinismo) rayano en la ingenuidad. Escribió Pagola: «… yo estimo que en el pueblo cubano quedan aún muchas personas honestas, revolucionarias, incorruptibles, enérgicas, capaces de tomar las riendas de empresas de cualquier tipo, como gerente, administrador, jefe de departamento, o cualquier clase de labor, gastronómico, dependiente de tienda, trabajador de la Salud, etc. etc., capaces de dirigir en cualquier lugar de nuestro país».
La de Pagola, más que una sincera opinión, parece una solicitud de empleo. El colaborador omitió -seguramente para ser concreto- otros atractivos empleos tales como expendedor de combustibles (en Cuba pistero), inspector, almacenero o panadero. «Hay que buscar a estos revolucionarios para que sean nuestro relevo», prosiguió en su ilustrativa misiva. Mi opinión es que esos están a la mano. Los que no abundan, porque no se les tiene en alta estima y ya ni siquiera se les menciona
-pérfidas exclusiones- , son los agricultores, los albañiles, los maestros. Los obreros y campesinos de aquella alianza retórica de antaño.
Señores, una de las cualidades que distingue a los humanos es el apego a lo propio: un cepillo, los zapatos, la casa. También, las empresas – grandes, medianas y pequeñas- y otros valores personales. Eso es innegable, como también lo es que nadie, o casi nadie, cuida, defiende, ahorra lo que no le pertenece. Los tributos existen para revertir estos comportamientos naturales. La supuesta conciencia revolucionaria, que durante tanto tiempo los castristas han intentado prender en nuestro pueblo, es cumplidamente errónea y contranatural.
«La vida diaria del cubano, en vez de contar, como mínimo, con islas del paraíso prometido por el fidelismo, lo que repite son proyectos fracasados, metas incumplidas, empresas improductivas, escasez permanente, desvarío moral y aumento de las actividades ilegales y delictivas», concluyó diciendo magistralmente nuestro compatriota el Doctor Ricardo A. Puerta en su libro Corrupción en Cuba y como combatirla, prologado por Soren Triff y cuya publicación fue auspiciada por la Fundación CADAL. Esas fueron unas precisas, justas y vigentes palabras.
El asiduo lector y colaborador del periódico Granma, V. Pagola Bérger, es el típico ingenuo que parece habitar en una burbuja cuya ligera capa exterior está compuesta de puro comunismo científico. Personajes como el, lamentablemente, abundan en nuestro patio.
No obstante, el lector mostró un optimismo (descarto el cinismo) rayano en la ingenuidad. Escribió Pagola: «… yo estimo que en el pueblo cubano quedan aún muchas personas honestas, revolucionarias, incorruptibles, enérgicas, capaces de tomar las riendas de empresas de cualquier tipo, como gerente, administrador, jefe de departamento, o cualquier clase de labor, gastronómico, dependiente de tienda, trabajador de la Salud, etc. etc., capaces de dirigir en cualquier lugar de nuestro país».
La de Pagola, más que una sincera opinión, parece una solicitud de empleo. El colaborador omitió -seguramente para ser concreto- otros atractivos empleos tales como expendedor de combustibles (en Cuba pistero), inspector, almacenero o panadero. «Hay que buscar a estos revolucionarios para que sean nuestro relevo», prosiguió en su ilustrativa misiva. Mi opinión es que esos están a la mano. Los que no abundan, porque no se les tiene en alta estima y ya ni siquiera se les menciona
-pérfidas exclusiones- , son los agricultores, los albañiles, los maestros. Los obreros y campesinos de aquella alianza retórica de antaño.
Señores, una de las cualidades que distingue a los humanos es el apego a lo propio: un cepillo, los zapatos, la casa. También, las empresas – grandes, medianas y pequeñas- y otros valores personales. Eso es innegable, como también lo es que nadie, o casi nadie, cuida, defiende, ahorra lo que no le pertenece. Los tributos existen para revertir estos comportamientos naturales. La supuesta conciencia revolucionaria, que durante tanto tiempo los castristas han intentado prender en nuestro pueblo, es cumplidamente errónea y contranatural.
«La vida diaria del cubano, en vez de contar, como mínimo, con islas del paraíso prometido por el fidelismo, lo que repite son proyectos fracasados, metas incumplidas, empresas improductivas, escasez permanente, desvarío moral y aumento de las actividades ilegales y delictivas», concluyó diciendo magistralmente nuestro compatriota el Doctor Ricardo A. Puerta en su libro Corrupción en Cuba y como combatirla, prologado por Soren Triff y cuya publicación fue auspiciada por la Fundación CADAL. Esas fueron unas precisas, justas y vigentes palabras.
El asiduo lector y colaborador del periódico Granma, V. Pagola Bérger, es el típico ingenuo que parece habitar en una burbuja cuya ligera capa exterior está compuesta de puro comunismo científico. Personajes como el, lamentablemente, abundan en nuestro patio.
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lunes, 8 de marzo de 2010
«Elecciones, ¿para qué?». Por Juan Mario Rodríguez.
La maquinaria propagandística del régimen castrista está funcionando al máximo a propósito de la farsa eleccionaria que se realizará en la isla el próximo mes de abril. Los medios llaman al pueblo a participar en unas elecciones populares que no mejorarán el panorama económico y sociopolítico del país, ya que el poder real lo ejerce la inamovible nomenklatura verde olivo, cuya expresa voluntad es mantenerse en el poder disfrutando de los múltiples beneficios que esa posición les proporciona, divorciados de las penurias que padecen la mayoría de los cubanos.
Desde su instauración en el año 1976 -la que los mandantes nominaron Poder Popular- la institución ha estado plegada al servicio de los entronizados de la Sierra Maestra, encargada de controlar a las masas sufridas y engañadas por el imperante sistema que es una constante invitación al escapismo.
¿Para qué sirve entonces el Poder Popular? Sin dudas, para generar ineficiencia, corrupción y represión. Lo que sigue a continuación puede estar sucediendo en cualquier rincón de Cuba. Reflexionemos.
Las vitales Empresa de Comercio y Gastronomía y Empresa Provincial de la Industria Alimentaria representan con total fidelidad la dimensión del fiasco que es el modo de producción y control financiero Estatal. Los electores continúan, pasados los primeros 34 años de Poder Popular, planteando los mismos problemas relacionados con estas empresas. Ejemplos son los confrontados a diario con la insatisfactoria calidad del pan racionado por la libreta y los deficientes servicios que se brindan en las cafeterías del Estado, situaciones que, como todos conocemos, redundan en desvíos de recursos tales como harina, aceite, azúcar, carnes, huevos, combustibles y todo un extenso etc. que afectan la calidad de vida de nuestro hambreado pueblo, porque casi todos estos productos hay que importarlos y ya conocemos de y porqué la falta de dineros para esas compras.
Tras estas ineficiencias se escuda la corrupción. Los inspectores del Poder Popular raras veces sacan a la luz infracciones graves que justifiquen acciones judiciales y la policía solo interviene cuando «mandan a matar», como se dice en el argot popular refiriéndose a las delaciones. Todo porque el sistema está diseñado para que algunas ilegalidades fluyan. Lo más interesante es que existen cuerpos de inspectores, oficinas de atención a la población y todo tipo de informantes -de la Policía Nacional Revolucionaria, del Partido Comunista y del Departamento de Seguridad del Estado- que no cumplen los supuestos objetivos de prevenir la comisión de delitos que conspiren contra la excelencia de los dispendiosos servicios básicos que el Padrecito Estado oferta a los «pichones» del pueblo. De lo que se trata aquí es de corrupción abierta, generalizada. ¡De mordidas!
La represión, sin dudas, es una de las pocas industrias que funciona casi a la perfección en Cuba. La desinformación es otra de ellas, gracias a los encomiables servicios de cientos de reporteros y técnicos oficialistas. La Asamblea Nacional del Poder Popular y el Partido Comunista de Cuba son los brazos del cíclope represivo y abusivo que es la Revolución Cubana (obsceno eufemismo), en la que casi nadie cree porque muy poco bueno puede, y a la que tampoco se le puede reprochar, so pena de ir a parar a la cárcel: las reconvenciones crispan fundamentalmente a sus entronizados líderes históricos.
Los insolubles problemas de la vivienda, del transporte y de la alimentación en Cuba son argumentos irrebatibles contra el sistema. La actual campaña electoral está calcada de la de los primeros años de Poder Popular. Ella entraña demasiado cinismo -mucho mas del que los cubanos están dispuestos a pasar por alto- en estos cruciales momentos por los que discurre la vida nacional, lacerada por la crisis financiera global y por el tremendo desgaste que ha ocasionado el fallido experimento revolucionario de las últimas cinco décadas.
Desde su instauración en el año 1976 -la que los mandantes nominaron Poder Popular- la institución ha estado plegada al servicio de los entronizados de la Sierra Maestra, encargada de controlar a las masas sufridas y engañadas por el imperante sistema que es una constante invitación al escapismo.
¿Para qué sirve entonces el Poder Popular? Sin dudas, para generar ineficiencia, corrupción y represión. Lo que sigue a continuación puede estar sucediendo en cualquier rincón de Cuba. Reflexionemos.
Las vitales Empresa de Comercio y Gastronomía y Empresa Provincial de la Industria Alimentaria representan con total fidelidad la dimensión del fiasco que es el modo de producción y control financiero Estatal. Los electores continúan, pasados los primeros 34 años de Poder Popular, planteando los mismos problemas relacionados con estas empresas. Ejemplos son los confrontados a diario con la insatisfactoria calidad del pan racionado por la libreta y los deficientes servicios que se brindan en las cafeterías del Estado, situaciones que, como todos conocemos, redundan en desvíos de recursos tales como harina, aceite, azúcar, carnes, huevos, combustibles y todo un extenso etc. que afectan la calidad de vida de nuestro hambreado pueblo, porque casi todos estos productos hay que importarlos y ya conocemos de y porqué la falta de dineros para esas compras.
Tras estas ineficiencias se escuda la corrupción. Los inspectores del Poder Popular raras veces sacan a la luz infracciones graves que justifiquen acciones judiciales y la policía solo interviene cuando «mandan a matar», como se dice en el argot popular refiriéndose a las delaciones. Todo porque el sistema está diseñado para que algunas ilegalidades fluyan. Lo más interesante es que existen cuerpos de inspectores, oficinas de atención a la población y todo tipo de informantes -de la Policía Nacional Revolucionaria, del Partido Comunista y del Departamento de Seguridad del Estado- que no cumplen los supuestos objetivos de prevenir la comisión de delitos que conspiren contra la excelencia de los dispendiosos servicios básicos que el Padrecito Estado oferta a los «pichones» del pueblo. De lo que se trata aquí es de corrupción abierta, generalizada. ¡De mordidas!
La represión, sin dudas, es una de las pocas industrias que funciona casi a la perfección en Cuba. La desinformación es otra de ellas, gracias a los encomiables servicios de cientos de reporteros y técnicos oficialistas. La Asamblea Nacional del Poder Popular y el Partido Comunista de Cuba son los brazos del cíclope represivo y abusivo que es la Revolución Cubana (obsceno eufemismo), en la que casi nadie cree porque muy poco bueno puede, y a la que tampoco se le puede reprochar, so pena de ir a parar a la cárcel: las reconvenciones crispan fundamentalmente a sus entronizados líderes históricos.
Los insolubles problemas de la vivienda, del transporte y de la alimentación en Cuba son argumentos irrebatibles contra el sistema. La actual campaña electoral está calcada de la de los primeros años de Poder Popular. Ella entraña demasiado cinismo -mucho mas del que los cubanos están dispuestos a pasar por alto- en estos cruciales momentos por los que discurre la vida nacional, lacerada por la crisis financiera global y por el tremendo desgaste que ha ocasionado el fallido experimento revolucionario de las últimas cinco décadas.
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